¿Puede la genética del ser humano recrear el pasado?

En este videoprograma vamos a evaluar la posibilidad de que en la genética del ser humano exista algún tipo de carácter en común, un punto en común como especie que haga que diferentes personas sean capaces de acceder en determinadas condiciones a escenas del pasado, visitando directamente otras épocas durante algunos minutos.

Como siempre evaluamos aquí en el fenómeno de los deslizamientos del tiempo, existiría un posible punto de sentimientos asociados a los lugares en donde se producen los eventos pero también sería posible en base a la teoría de la llamada psicometría que cada uno de los átomos de nuestro cuerpo se quedasen impregnados del entorno y por tanto cada una de nuestras acciones también lo hicieran a nivel espacio-temporal.

Estudiaremos dos ejemplos para tratar de sacar conclusiones sobre cómo podría funcionar este fenómeno gracias a las pesquisas realizadas por los investigadores Colin Wilson y John Grant en su libro “the directory of Possibilities”.

 

Espero que el videoprograma sea de vuestro interés.

Ufopolis.com 2017




El asombroso vórtice espacio-tiempo de Hamburgo de 1932

Viajes en el tiempo, vórtices, momentos únicos en donde personas corrientes ven algo que no corresponde y que no encaja según su espacio y su tiempo, según el instante en el que estén en ese periodo de la historia. No sabemos definir a día de hoy qué es el tiempo, pero la ciencia expone que es más una dimensión que se solapa con la nuestra, en la que vivimos, en la que nos desarrollamos. Es una dimensión física pero no la vemos. El tiempo existe pero no podemos apreciarlo, se nos escapa de las manos, no podemos manipularlo. Y lo sorprendente es que esa dimensión tiene fallos.

Hoy en ufopolis vamos a estudiar un caso que data de 1932 y que fue escrito por los periodistas Ron Edwards, C. B. Colby, y John Macklin que desde luego no nos dejará indiferentes. Cogemos la máquina del tiempo (literalmente, podríamos decir) y viajamos a Hamburgo, Alemania. Allí tenemos al intrépido reportero J.Bernard Hutton y al fotógrafo Joachim Brandt en la redacción de un periódico local de Hamburgo hablando con su jefe. Les manda hacer un reportaje sobre los astilleros de la localidad, fotos y entrevistas, que se empapen bien del ambiente y que redacten alguna historia desconocida para el gran público. Y vaya si se empaparon bien, pero no de la manera en la que pensaban hacerlo…

Hutton y Brandt fueron para allá en el viejo coche de la editorial y llegaron al enorme complejo para entrevistarse con tres ejecutivos y otros tantos trabajadores con los que habían quedado para comentarles cómo era la vida en los astilleros. Estuvieron toda la mañana hablando, de acá para allá. Les enseñaron todo bien. Amables y atentos. Ya casi tenían el artículo. «Un par de fotos más», dijo Brandt. Y allí antes de irse bajaron a la zona de astilleros ya cuando casi todos los trabajadores se iban para casa.

Estaban solos allí y Brandt puso la cámara con el trípode, disparó un par de tomas y acto seguido comenzaron a oir el ruido de unos motores. Un poco raro. Se miraron extrañados. Motores, además de aviones. ¿Qué demonios estaba pasando, y qué aviones eran esos que se acercaban? Se preguntaron asustados, porque aquello sonaba a que venían directamente hacia allí a toda velocidad. No eran dos o tres, eran decenas de ellos y parecía un ataque aéreo. A los dos periodistas apenas les dio tiempo a reaccionar.

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Las escenas que presenciaron correspondían a un ataque coordinado.

Aquellos aviones comenzaron a disparar sobre la ciudad y empezaron a lanzar bombas. Se oían impresionantes ráfagas de baterías antiaéreas que derribaban a algunos de esos aviones mientras otros lanzaban bombas cuya explosión resonaba en el ambiente de manera impresionante. Era 1932 y no había ningún conflicto armado en Alemania aún. Las bombas estallaban por doquier ante los ojos de los impresionados hombres. El fotógrafo Brandt sacaba una fotografía tras otra de todo lo que veía. Se oían granadas, disparos silbando en el aire, edificios desplomándose por las cargas explosivas que lanzaban los aviones. El olor a quemado del ambiente era tan potente y la destrucción de la ciudad que tenían ante sí era tan evidente que tuvieron que refugiarse detrás del coche en un momento dado. Pensaban que iban a morir por una de las bombas.

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Fotografía de un ataque aéreo de Hamburgo...pero no de 1932...

Toda el área era en la película Apocalypse now pero en Alemania. Un infierno. Los aviones sabían donde dejar las bombas, en el complejo industrial, en los tanques de combustible, en los grandes edificios que colapsaban unos detrás de otros. Eso sí, se dieron cuenta que ellos no podían sentir vibraciones en el suelo. Ese detalle era extrañísimo. Se fijaron en ese detalle y se dieron cuenta de que casi estaban viendo una película, podríamos decir, en tres dimensiones y holográfica delante de ellos. Con ese detalle de la falta de vibración reaccionaron, se metieron en el coche y corrieron raudos y veloces hacia las baterías antiaéreas que veían disparar hacia los bombarderos. No quedaban muy lejos y, sorprendidos, se encontraron a un hombre en la garita que les pidió que abandonaran el área inmediatamente. Los dos periodistas le dijeron que querían ayudar pero el guardia, con aquel uniforme extraño que jamás habían visto, les pidió no muy amablemente que se largaran de allí. Eso hicieron.

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La visión de Hamburgo destruido les dejó boquiabiertos

Confundidos, Hutton y Brandt condujeron hasta Hamburgo de nuevo. El cielo se había tornado oscuro durante el ataque pero ahora estaba claro y sereno. En un segundo cambió todo. Las calles no tenían cráteres y los edificios seguían intactos. Nadie parecía haberse visto afectado por el ataque. De hecho, no había un solo signo del horror que habían presenciado en la ciudad. Era imposible porque lo acababan de ver hacía un momento. Giraron su vista y sobre el astillero no había columnas de humo negro de las baterías antiaéreas. Fueron de nuevo hacia allí y conforme iban viendo la ciudad detrás de ellos tampoco había columnas de humo de las explosiones que acababan de ver. Una auténtica locura. ¿Qué estaba pasando?

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Toda la ciudad de Hamburgo quedó arrasada...

Cogieron de nuevo y se fueron a toda velocidad a la redacción donde comentaron su vivencia a todos sus superiores, que no dudaron de su palabra pero que evidentemente no entendían porqué sus dos mejores periodistas venían con una historia así. Brandt estaba más nervioso que Hutton. Él quería revelar los negativos y dejarse de explicaciones;  acababa de hacer decenas de fotos de un brutal ataque aéreo a la ciudad y quería enseñar las tomas a todo el mundo para demostrar que aquello era verdad. Las fotografías salieron veladas pero solo alguna de ellas mostraban la ciudad de Hamburgo y los cielos. Sin aviones, sin bombas, sin humo. Fue como si solamente ellos pudiesen haberlo visto. Los dos periodistas juraron y perjuraron que lo que les había pasado era real, arriesgaron sus trabajos si era necesario en pos de proteger su honor y la cosa quedó ahí, como siempre, en el baúl de los recuerdos de lo bizarro que de vez en cuando abrimos en ufopolis porque nadie más lo abre.

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Ni rastro de los bombardeos tras salir de aquel extraño túnel del tiempo.

¿Cómo termina la historia? Justo después de comenzar la Segunda Guerra Mundial, Bernard Hutton, el intrépido reportero de esta aventura se mudó a Londres. En 1943 se levantó una mañana y de camino al trabajo se compró un periódico en donde se enteró del bombardeo a su ciudad natal Hamburgo. Pasado el impacto lógico, comenzó a estudiar las crónicas y las fotografías. Eran exactamente las mismas escenas, los mismos ataques y los mismos aviones que él había presenciado 11 años antes. La escena de destrucción ya la conocía. Sabía qué edificios seguían en pie y cuales no. Lo sabía porque ya había estado allí.

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Los periodistas identificaron las fotos de 1943 con lo que les ocurrió en 1932. Murieron 40.000 personas.

Un caso curioso y fascinante que nos hace pensar en lo que hablábamos sobre los vórtices en la tierra que se crean por las anomalías magnéticas entre nuestro planeta y el sol. ¿Y si aquellos dos hombres se encontraron en medio de una de estas anomalías? ¿Por qué esa escena del ataque y no otra, digamos en el año 2092?

El patrón podría ser el propio tejido espacio-tiempo, la rasgadura que se produciría en la realidad ante los dramas, los ataques, la guerra. Algo tan duro y tan fuerte que marca un lugar y que condiciona que si hay una anomalía, ese es el momento que se recreará por siempre.

Si os ha gustado este incidente de vórtices, podéis ver también el caso del monitor del bebé o el incidente del coche de los años 40 que publicábamos hace poco. Nos quedamos con esas fotografías que salieron veladas, quizá porque era una experiencia que pudo afectar a la propia tecnología de la cámara y también nos quedamos con la cara de pocos amigos del guardia de seguridad, nazi él, quizá sorprendido de que dos periodistas vinieran a echar una mano en medio de una guerra.  ¿Cómo os habríais sentido vosotros si os hubiera pasado? ¿Qué opináis sobre estos vórtices? Os esperamos en los comentarios y os dejamos con el vídeo que realizamos sobre el avión que perdió 17 minutos en una nube con una anomalía espacio-tiempo.

Ufopolis.com 2015

El Springheel Jack, el demonio del Londres victoriano

Si existe el mito policial de Jack el destripador en Inglaterra, el personaje del que vamos a hablar hoy sería su alter ego en el mundo de lo paranormal. Hablábamos hace poco del bueno del Spring Legs de Dundee, Inglaterra de 1859 como el abuelo de los actuales avistamientos de humanoides, y hoy vamos a hablar del «otro abuelo» (no sabemos si por parte de padre o de madre), el misterioso Springheel Jack que sembró el pánico en la Inglaterra del siglo XIX, que nunca fue atrapado y que ha quedado en el inconsciente colectivo prácticamente como una leyenda urbana sin solución. Lo curioso es que los avistamientos de este aparentemente extraordinario ser van desde primavera de 1837 hasta 1904, abarcando casi 70 años. Vamos a conocer su historia:

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 Una de las primeras apariciones en la prensa del famoso ser.

El primer caso viene expuesto por un conocido hombre negocios londinense que volvía de trabajar tarde, en la fría noche de la capital del Támesis. Iba con frío, pero no le iba a durar mucho esa sensación, porque al pasar cerca de la reja de un cementerio cercano a su vivienda observó como de lo alto de ella descendió un ser bípedo, musculoso, con rasgos diabólicos, grandes orejas, nariz puntiaguda y ojos brillantes y saltones. A aquel buen hombre casi le da un patatús al verlo y salió corriendo como alma que lleva el diablo… ¿o debiéramos decir como alma que lleva el Springheel Jack?

Sea como fuere, en octubre de 1837, una muchacha llamada Mary Stevens viniendo de casa de sus padres y caminando por Clapham Common hacia su puesto de trabajo como sirvienta en un lugar llamado Lavender Hill observó una figura en la penumbra de un callejón oscuro que se abalanzó sobre ella. El ser se enganchó a ella tratando de agredirla sexualmente y la joven al zafarse comprobó con espanto cómo el ser tenía «garras frías y húmedas en lugar de manos». El asalto no terminó de salirle bien al bueno, mejor dicho, el malo de Springheel Jack que huyó al ponerse la chica a gritar cuando sus garras desgarraban la ropa. La búsqueda del asaltante fue infructuosa por parte de los vecinos pero no encontraron a nadie. ¿Cómo había escapado?

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 Las descripciones y los carteles de la época tenían un encanto especial.

Según cuentan las crónicas de la época, al día siguiente este ser habría sido visto saltando sobre un coche de caballos y provocando que el cochero perdiese el control. Este tipo de asaltos se repitió en numerosas ocasiones causando graves accidentes donde apareciera. Pero lo raro de todo esto es que todos y cada uno de los testimonios hablaban de horribles garras, de una cara diabólica y sobre todo de unos saltos imposibles de tres metros que utilizaba para huir de sus fechorías entre una risa aguda y desagradable. Para haberlo visto. De lejos, claro.

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 Descripción gráfica contemporánea del ser

Todo aquello de los accidentes era un problema de orden público muy serio. Si había algún loco con tecnología Steampunk que le encantaba asaltar carros,  un extraterrestre, un fantasma o el mismísimo diablo, daba igual, fuera lo que fuera había que atraparlo. El 9 de Enero de 1838, el Lord Mayor de Londres, Sir John Cowan en una sesión pública en la Mansion House dio oficialidad al tema tras un incidente en Peckam, un barrio en la parte sur de Londres. Se habló de que podría haber sido una apuesta de varios aristócratas que ya hacían de las suyas con actividades fuera de la ley protegidas por la masonería, pero nadie conseguía explicar ni los rasgos ni sobre todo los descomunales saltos.

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 Las descripciones siempre incluían una cara demoníaca

El diario The Times, poco dado a fruslerías publicó el 10 de Enero de aquel año 1838 que Sir Lord Cowan tenía en su poder decenas de cartas firmadas del puño y letra de muchos ciudadanos que habían sido víctimas del terror que aquel ser estaba creando en Londres. Había miedo en las calles y aquel miedo estaba trascendiendo las clases sociales. Se ofreció una cuantiosa recompensa para cogerle. Se le tenía ganas.

Pero aquello no paró. Dos adolescentes llamadas Lucy Scales y Jane Alsop fueron atacadas en 1838 por este ser y pudieron verle perfectamente según comentaron a la prensa. Jane afirmó que el 20 de Febrero de aquel año al abrir la puerta de su casa tras oír unos golpes vio a un hombre que dijo ser oficial de policía asegurando perseguir al ser del que todos hablaban y pidiéndole si podía traerle un fósforo para iluminar la calle. El policía en la penumbra no era visible, pero ella le hizo caso, se dio la vuelta y de repente el policía la atacó siguiendo la misma metodología que el famoso Springheel Jack y trató de rasgarla la ropa. Aquel ser del averno, fuera quien fuera, sabía hablar y no paraba de atacar personas. Salió huyendo dando de nuevo impresionantes saltos por los tejados cercanos.

«Llevaba una especie de casco, y un disfraz blanco ajustado con aspecto de hule. Su cara era espantosa y sus ojos como bolas de fuego. Tenía garras en las manos de algún material metálico, y vomitaba llamas azules y blancas» contó Jane Altop, testigo de un avistamiento del misterioso ser en 1838

A la otra chica, Lucy Scales no le fue mucho mejor.  El 28 de febrero volviendo a su casa tras visitar a sus padres en un barrio de clase alta llamado Limehouse, también tuvo un encuentro junto a un rincón de un paraje angosto en las calles de aquella Inglaterra fría y sucia. El ser, al parecer respiró fuego en su cara y huyó dejándola caer al suelo, presa del pánico. Huyó volando hacia un tejado cercano de forma increíble y de un solo salto.

Aquellas chicas venían de familias «bien», de clase acomodada y aquello fue comentado hasta la saciedad. La histeria colectiva comenzó a extenderse. A Springheel Jack le daba lo mismo cuanto dinero tuvieses, comentaba toda la ciudad. Aquello fue el «acabose» en una sociedad tan cerrada como la de aquel entonces.

The Times informó de nuevo de todo lo ocurrido y se arrestaron a varios delincuentes habituales para tratar de calmar los ánimos. Tuvieron que soltarlos ante la falta de pruebas. Jamás llegarían a cogerle.

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Anuncio de un penny dreadful sobre Spring Heeled Jack (1886).

El temor se convirtió con el tiempo, casi en fascinación. Sus andanzas eran representadas por teatrillos populares y aquello coincidió con una época en la que sus apariciones se hicieron más escasa. En Northamptonshire, un informe le describió como la mismísima imagen del diablo con cuernos, ojos y llamas y aunque seguía habiendo encuentros con él en alguna carretera perdida, todo pareció parar.

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 Springheel Jack, en una recreación actual

Esto fue así hasta 1872 en donde fue visto de nuevo en Peckam y en Sheffield, con incidentes que duraron hasta 1877. El barrio de Peckam volvía a un estado de conmoción como solo los más viejos conocían. Cuarenta años después, el ser saltarín había vuelto. A finales del siglo XIX, los avistamientos se concentraron en el oeste de Inglaterra, hasta que en 1904 se le vio por última vez sobre el tejado de la iglesia de San Francisco Javier en Everton, cerca del estadio de fútbol del equipo del mismo nombre, en Liverpool.

Humanoides saltarines han sido vistos en varias ocasiones, pero ninguno quizá con la descripción de este ser. Hubo otro incidente aislado el 18 de junio de 1953, en donde una figura parecida a algunas descripciones de Springheel Jack fue avistada en un edificio de apartamentos de Houston, en Texas.

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Toda Inglaterra esperaba que no volviera a aparecer jamás este curioso y desconcertante ser

¿Estamos hablando de un loco con una capacidad inaudita de saltar en 1838 y con una gran afición a atacar personas o estamos hablando de una entidad que suscita el miedo por sus características paranormales? Parece interesante observar desde la lejanía este tipo de hechos, casi más cercanos a la mitología de Lovecraft y las entidades malignas de las que hablaba acechando desde la oscuridad. Lovecraft, de hecho estuvo influenciado por varios de estos avistamientos y desarrolló la teoría de que coexistimos con este tipo de seres desde una realidad paralela en donde ellos nos miran. Esperemos que el Springheel Jack, si está ahí, se quede ahí.

¿Qué opináis de tan singular ser? ¿Leyenda urbana, incidente real, o realidad paralela al estilo Lovecraft? Os esperamos en los comentarios.

 

Incidente OVNI en el aeropuerto de Heathrow en Londres

Ha ocurrido de nuevo en el Reino Unido, otra vez sobre el aeropuerto de Heathrow, Londres. Un piloto de un avión de pasajeros de tipo Airbus A320 tuvo un encuentro OVNIsobre el condado de Berkshire, en donde pudieron observar un objeto del tipo cilíndrico, más parecido a un balón de rugby, que a un tipo «cigarro» o puro. Lo interesante de este caso es que se parece bastante al mítico caso en el que a finales de los años 40 el piloto Thomas Mantell en Estados Unidos tuvo un accidente aéreo al acercarse a un objeto de las mismas características. Aquí os dejamos el vídeo con la noticia.

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Aquí los comentarios de los pilotos con la torre de control. (en inglés)

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